viernes 23 de noviembre de 2007

esos ojos


Cuenta la historia que una niña vivía escondida en una torre de una gran casita. Allí era feliz, cerca de las nubes, de las estrellas, del sol y de la luna. Lejos de la tierra, donde sólo había conocido el mal, la tristeza, la soledad y la mentira. Allí era feliz, era su mundo de ilusión, sueños y amor. Pero la niña fue creciendo y con el tiempo pasó de mirar hacia arriba y empezó a preguntarse qué era lo que ocurría hacia abajo. Empezó a mirar hacia la calle, hacia el suelo tanto tiempo temido. Empezó a preguntarse quien eran esas personas que [son]reían, que jugaban, que corría, que saltaban; y, sobretodo, cómo podían parecer felices allí abajo. La niña ya crecidita, se olvidó de las nubes, de las estrellas, del sol y de la luna. Ahora sólo tenía ojos para los árboles, las flores, la hierba y los charcos en plena calle. La niña se sentía sola en la torre que había convertido en su mundo. Su mundo ya no le parecía tan maravilloso, echaba de menos alguien con quien compartirlo. Allí estaba sola. Era ella y su mundo. Envidiaba toda esa gente que parecía pasárselo tan y tan bien por las calles. Y se preguntaba qué habría sido de ella si no se hubiera refugiado en su torre, en su mundo. Pero ahí seguía ella, con miedo de bajar sola a la calle, con todos esos recuerdos que la entristecían cuando pensaba en aquellos días antes de encerrarse en su torre. ¿Era posible que con el tiempo todo hubiera cambiado? ¿También ella podría ser feliz como esa gente?
Tenía demasiado miedo para bajar sola, ¿pero a quien pedir ayuda si no tenía a nadie? Hasta que un día unos ojos se levantaron del suelo y se encontraron con los suyos. Eran unos ojos llenos de vida, que brillaban y desprendían alegría. La niña se asustó y se retiró de la ventana intimidada por esos ojos que la habían descubierto espiando por la ventana. Durante días volvió a su mundo temerosa de volver a encontrarse con esos ojos. Pero no podía hacer como si nada, la habían visto, los había visto y no se podía olvidar de ellos. Esos ojos. Esos ojos. ¿Cuándo habían perdido la vida los suyos? ¿Cuándo dejaron de brillar? Esos ojos. No los podía olvidar y volvió a la ventana. Y allí estaban ellos, esperándola. Lo que no esperaba la niña era que una sonrisa la recibiera. Él sabía que volvería. Lo sabía. Había visto la soledad en sus ojos, la primera vez que sus miradas se cruzaron. Y él quería decirle con su sonrisa que si ella quería no estaría sola. Estuvieron unos días así: él sentado en la calle, con las manos en la espalda apoyándose en el suelo, con la mirada hacia el cielo; y ella, sentada al lado de la ventana, mirando hacia aquellos ojos que hacían que se sonrojara. Pero él tenía otros quehaceres y a veces se marchaba. Y ella lloraba. No quería dejar de mirar esos ojos. Esos ojos que no tenían nada y lo tenían todo. Esos ojos llenos de vida.
La niña, que ya no lo era, cada vez pensaba más en la posibilidad de bajar. Pero cada vez que lo intentaba el miedo la invadía. ¿Y si él no quería que ella bajara? ¿Y si para él ella sólo era un pasatiempo, un ser extraño con el que se divertía observándolo? ¿Pero cómo iba a saberlo si no bajaba?
Y un día llegó ese día. Había llegado el momento de hacer tripas corazón y bajar. Peldaño a peldaño, poco a poco, ya que sus piernas temblaban temerosas de llegar abajo. Pero estaba decidida. Era el día. Tenia que superar sus miedos y sus recuerdos. Al llegar abajo, él ya estaba allí, donde siempre, buscándola en la ventana, cerca de las nubes. Respiró fuerte, muy fuerte. Aguantó el aire y abrió la puerta. Le costó, pero pudo hacerlo. Bajó los pocos peldaños que quedaban y el suelo pisó. Esos ojos se cruzaron con los suyos, cuando él ya había desistido de encontrarla en la ventana y con cara triste iba a irse. Y al verla allí en la puerta, tan cerca, se le volvieron a iluminar los ojos. Se levantó de pronto y fue hacía ella. A unos pasos unas voces le chillaron que se fuera con ellos a jugar. Entonces él la miró, sonrió, avanzó ese par de pasos que los separaba. La cogió de la mano y se fueron corriendo con los demás. A jugar, a saltar, a reír. A vivir.

1 comentarios:

Nahuel dijo...

Cerca de la nubes a mi algunas veces me gustaría estar, creo que solo en sueño & en un avión me acerque.

paz *